No estés tan seguro. Aunque separes tus residuos en botes con las etiquetas “orgánico” e “inorgánico” y la mayoría de tus productos tengan la etiqueta que dice “ecológico”, “biodegradable” u “orgánico”, TODOS contaminamos, aunque muchas personas hagan los mejores intentos por reducir los efectos de su vida en nuestro planeta.

Desde muy pequeños nos recalcaron la importancia de las tres R: reducir, reutilizar y reciclar, nos enseñaron a no tirar desechos en el agua ni en el suelo y también a limpiar diligentemente la casa, la escuela, la oficina…Lo que no nos dijeron, es que eso no iba a bastar en estos días.

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Lo que intentamos decir es que en la mayoría de los casos, producimos contaminación por ignorancia. El descubrimiento de la peligrosidad de verter el aceite usado por la tubería del fregadero nos hizo preguntarnos: ¿qué más estamos contaminando sin saberlo? Oh, mucho, mucho más.

Bueno, ya sabemos que algunos de los efectos de la sobrepoblación es el incremento del volumen de los desechos y el aumento de productos que satisfacen las necesidades (o caprichos) de la sociedad. Así, la contaminación doméstica se ha convertido en un factor casi silencioso que produce un daño por poco equiparable a la contaminación industrial. Figúrate, los millones de casas alrededor del mundo necesitan una limpieza periódica, y para efectuarla, se utilizan productos elaborados con sustancias químicas que acaban en las aguas residuales pero dañan el suelo. Por ejemplo, los ácidos utilizados para la higienización de los baños son vertidos generalmente en el inodoro. Al bajar la palanca, se van, además del sarro y las bacterias, litros de veneno que dañan el manto freático.

Los detergentes de uso común son bastante fuertes y son una de las causas más importantes de contaminación del agua. Asimismo, los tensoactivos presentes en los champús y suavizantes de telas, además de contaminar, pueden causar alergias u otros problemas en la salud.

No te olvides de las pilas, por favor, que la mayor parte de la población mundial se deshace de ellas tirándolas por la basura. Si has escuchado antes que hacerlo es muy peligroso, quizá ya es hora de que de verdad acudas a centros en donde se encargan de eliminarlas por una vía adecuada, y no de la forma tan irresponsable que tienen muchas personas.

Oye, pues, nos preguntarás: ¿y qué hago? Si toda acción tiene una reacción y si todo lo que hago contamina, ¡no lo puedo evitar! Considera esto: si bien es cierto que todos contaminamos en cierta medida, unos lo hacemos más que otros y si no fuera porque somos grandes consumidores de todo lo que se quiere que compremos, la contaminación sería poco menos que preocupante, tal vez.

Por ende, es urgente que consumamos de forma más responsable y volvamos a nuestros orígenes. Bien podemos sustituir los limpiadores y otros productos comerciales por otros naturales o menos agresivos, y por favor, es importantísimo leer las etiquetas de todo lo que compramos. La ignorancia, no por serlo, debe ser aceptada y justificable, recuerda que no saber lo que debería saberse constituye una afrenta con graves consecuencias. Es por ello que la educación ambiental debe ser auspiciada por autoridades gubernamentales así como dentro de la familia, pero ya que quizá las primeras tengan otros intereses, comienza a informarte y poner en práctica las acciones que menos daño hacen a tu medio ambiente, a tu salud y a tu bolsillo.