El cuidado y protección de los animales ha sido preocupación permanente desde la antigüedad, con seguridad desde que el hombre se acompañó por primera vez de un animal. Sin embargo, hoy en día esta preocupación responde a una necesidad más consecuente que natural.

Desde el siglo XVII, el mundo comenzó a darse cuenta realmente de las implicaciones de la extinción animal por causa humana, en vista de la desaparición de especies como el pájaro Dodo, el dugong de Steller y posteriormente del tigre de Tasmania y del alca. Si bien la extinción es un proceso natural, numerosos animales peligran por injerencia del hombre y en la actualidad la lista de las especies amenazadas se incrementa continuamente.

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Ahora bien, hay que tomar en cuenta que la tan mencionada protección a los animales incluye a aquellos que viven en estado salvaje y a los que son domesticados. Recientemente han salido a la luz numerosos casos de maltrato animal por parte de empresas, organizaciones e industrias que mantienen una concepción meramente utilitaria de los animales, así como de personas que por diversión o placer ejecutan actos reprobables contra mascotas o animales que viven en la calle.

Ante tal panorama, no hace falta decir que las críticas que reprueban y condenan dichos actos son muchísimos y surgen dos preguntas: ¿qué nos impulsa a proteger a los animales? y ¿de qué sirve protegerlos?

Quizá algunos no lo saben, pero el hombre pertenece al mismo reino que los animales: el reino Animalia. En este sentido, el hombre es un animal aunque especie única y diferente a los animales al entender que el ser humano, homo sapiens, se encuentra en un nivel cognitivo más desarrollado, y por lo tanto nuestra convivencia con los animales implica una calidad moral.

El hombre tiene conciencia de sí mismo y aunque existen estudios que sugieren y demuestran que algunas especies como los chimpancés comprenden el resultado y los efectos de sus acciones, el grado en comparación con el de nosotros es relativamente bajo. Nosotros somos seres empáticos y esto nos permite ponernos en los zapatos del otro, y cuando el otro es un animal que puede ser usado, manipulado o tratado como un ser inferior al hombre, se degrada, irónicamente, la calidad humana de la que tanto se hace énfasis.

De entrada, al establecer el concepto de “protección animal” se asume que somos capaces de dañarlos y necesitamos una regulación que nos impida hacerlo. En muchos países existen normativas con carácter de ley que protegen a los animales pero que pocas veces se cumplen en su totalidad. Por ejemplo, la fracción III del artículo 4 Bis de la Ley de protección a los animales del Distrito Federal de México, dice: “Promover en todas las instancias públicas y privadas la cultura y la protección, atención y buen trato de los animales”. ¿Se cumple esta disposición? Con total seguridad, no. Si acaso, el tema del bienestar y la protección animal es mencionado. No estudiado.

Lee la segunda parte de este artículo y conoce 3 razones primordiales para proteger a los animales.

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