El Kumbh Mela está en su apogeo. Los sadhus, de blanca coloración, rezan fervorosamente mientras miles de devotos peregrinos se preparan para sumergirse en las aguas sagradas de su madre, el Ganges. Están a punto de limpiar su alma. Están a punto de ponerse en peligro.

El río sagrado de la religión hindú es objeto de una dualidad cotidiana, de lo ordinario con lo extraordinario. Del lavado de ropa a la peregrinación religiosa. Del baño corporal a la propagación del otrora cuerpo con vida. De la impregnación del cromo a la purificación espiritual.

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Pero los millones de personas que diariamente están expuestas al río Ganges de la India ignoran o desconocen a ciencia cierta los riesgos que entraña el contacto con el agua. El Ganges padece, desde hace muchísimos años, de una contaminación que en los últimos años ha alcanzado las cotas más altas. Cientos de cadáveres en total estado de putrefacción flotan en el agua y los lugareños ni se inmutan, poniendo en riesgo no sólo sus vidas, sino también el equilibrio ecológico entre seres humanos, animales y vegetales.

En la década de 1980, se instauró el Plan de Acción Ganges, una suerte de designios con la función de limpiar las aguas del río y sus afluentes. Sin embargo, de poco o nada ha servido, pues el nivel de desechos químicos y biológicos ha aumentado en vez de disminuir. De vez en cuando surgen nuevos intentos por mejorar la situación pero nada se ha resuelto hasta la fecha.

La mayoría de la gente preocupada por el tema ha señalado con dedo acusador al gobierno de la India, que no presta la atención necesaria a un problema ecológico y de salud pública, capaz de desatar o propagar alguna pandemia. Las numerosas industrias enclavadas a las orillas descargan sus desechos sin que las autoridades regulen la actividad y además, las supuestas acciones se quedan en papel.

¿Están cavando los habitantes de la India su propia tumba? Hay que considerar que el problema tiene raíces profundas, y son culturales. Tras siglos de considerar al río un aspecto no importante, sino elemental de la vida en la India, realmente la modificación de esta concepción no puede ser repentina ni puede efectuarse en unos pocos años. Es una especie de simbiosis en la que la carga religiosa pesa más sobre los hechos terrenales. El Ganges provee espiritualidad, y ellos otorgan veneración. Así ha sido. Por ende, muchos hindúes sostienen la creencia de que el río no puede estar contaminado y no puede ensuciar, pese a ver basura y cadáveres a su alrededor.

Lugareño bañando su ganado en el Ganges. Fotografía de Rudolph.A.Furtado

¿Qué se puede hacer en esta situación? No sólo el gobierno de la India debe hacer algo, aunque claro que es su responsabilidad hacerse cargo de ella. Sin embargo, mientras nos sentamos a beber el capuccino en la cafetería internacional más nice, la canela de la superficie proveniente de la India fue regada con las aguas del río Ganges…

La escena quizá es exagerada, pero es posible. Sabemos que los gobiernos pueden estar sujetos a arreglos con las industrias o corporaciones y eso representa un obstáculo inmensamente grande para impedir que sigan vertiendo químicos al agua. También sabemos que los hindúes contaminan sin quererlo y hasta sin saberlo (aunque parezca difícil de creer) y esto quizá es más difícil de modificar. En este sentido, el punto no es afectar las costumbres religiosas de ningún modo, se trata de realizarlas logrando el mínimo daño.

Se necesitan estrategias de acción que se encaucen a la voluntad del gobierno Indio para resolver el problema ecológico, y también, que hagan comprender a los fieles y en general a los habitantes de la India, que todo lo que hacen tiene una consecuencia real, no infundada y que puede perjudicar la salud y la espiritualidad de las generaciones próximas. Porque sin Ganges no hay vida de ningún tipo.

Mientras tanto, los fieles al Kumbh Mela sumergen sus cuerpos esperando emerger limpios de pecado, los niños toman un baño cotidiano creyendo que el agua eliminará la suciedad de su cuerpo, y miles de peces se alejan del cauce.

Fotografías de Julijan Nyča y  Rudolph. A. Furtado.