Dale una mirada a tu clóset. Seguramente no tienes una, dos, tres o cuatro camisas, tienes más. Tus pantalones cuelgan o descansan formando una pila de altura considerable. Una hilera de zapatos se congrega en el interior. Con tacón, sin tacón, negros, azules, beiges. Más arriba están las bufandas, los gorros, los sombreros…

Apuesto a que no necesitas todo eso para vivir. Con menos de una docena de prendas bastaría para que tu existencia siguiera siendo la misma. ¿Y qué me dices de la tecnología? ¿Eres una de las personas que compra un teléfono celular como si éstos fueran comida?

También puede interesarte… La Isla de la Basura

Una gran cantidad de personas alrededor del mundo viven con base en el consumismo, esta condición casi inmanente a los tiempos modernos y presente en las esferas de suficiente poder adquisitivo, porque aunque parezca que sólo los más adinerados son más proclives al consumismo, lo cierto es que cualquiera que pueda, entrará en esta sociedad de consumo.

Por supuesto, las acciones de una sociedad consumista tienen consecuencias más allá de que los bolsillos queden cada vez más raquíticos o que las empresas se sigan enriqueciendo a costa nuestra. La naturaleza es afectada enormemente en pro de las ventas, lo que ocasiona daños ecológicos alarmantes.

La Revolución Industrial constituye el antecedente de un sistema mundial en el que la tecnología es más veloz que el ritmo de la sociedad. Ya en el siglo XX, los empresarios se dieron cuenta de que necesitaban modificar periódicamente los bienes para que éstos siguieran vendiéndose, ofreciendo en cada ocasión detalles que llamaran la atención y fueran vistos como mejoras. Hoy el sistema gira sobre el lema “Renovarse o morir” y efectivamente, lo que hoy es novedad, mañana será obsolescencia. Un televisor de pantalla plana LCD consume más energía que un aparato análogo, y al ritmo que vamos, en un par de años una nueva generación de televisores encantará al mercado, por lo que importante será adquirir uno nuevo. ¿Y qué pasará con el anterior? Normalmente acabará en algún vertedero, ocupando un espacio natural.

Al respecto, se sabe que existen miles de vertederos ubicados en los países más pobres, en donde se depositan los desechos tecnológicos o simplemente la “basura” que los países del primer mundo no necesitan. Lo que los grandes contenedores albergan no son simples aparatos descontinuados: son millones de residuos contaminantes que aumentan las emisiones de los gases de efecto invernadero, contaminan el suelo con sustancias tóxicas y de paso, a las personas que tienen que estar en contacto con la basura. Esta situación es ilegal, pero las bocas permanecen cerradas, sin que ninguna sanción se haya aplicado hasta el día de hoy.

Esta somera descripción está alojada en algún lugar de la mente humana. De vez en cuando la escuchamos, de vez en cuando intentamos modificar nuestra conducta, pero la mayoría de las veces fallamos. La responsabilidad es nuestra, pero es cierto también que las estrategias mercadológicas no ayudan. Más bien, han contribuido a mantener un mundo en el cual la cantidad y la imagen son indicadores del éxito personal, de la calidad individual y del valor ante la sociedad.

Hace falta mucha voluntad e inteligencia para librarse del yugo del consumo. Existe una razón tan simple de comprender sobre nuestra obcecación ante el mundo natural y los daños que ocasionamos con el uso de tantos productos que nos gusta lucir pero que no necesitamos: la poca o nula convivencia con la naturaleza. Rara vez el éxtasis de la contemplación nos envuelve, por lo que simplemente pensamos que las plantas, los animales, los ríos y las montañas existen pero no nos afectan.

En 2007, Mark Boyle se deshizo de todas sus pertenencias sobrantes y de su inminente éxito en los negocios, y se marchó a vivir en medio de la naturaleza ¡sin dinero! ¿Te imaginas sobrevivir en la actualidad sin un solo peso? Bueno, esta persona lo ha conseguido y dice ser más feliz que nunca. No tiene las presiones de una vida acelerada, preocupada por pagar las cuentas ni de pertenecer a algún círculo de importancia económica.

Quizá no esté en nuestras manos realizar un cambio tan drástico como éste, porque hay que tomar en cuenta que el joven no estaba carente de recursos monetarios desde un principio. Pero sí es urgente reconceptualizar el estilo de vida que llevamos y balancear nuestras necesidades y nuestros caprichos o gustos personales. Porque ya se sabe, lo que hoy provocamos en el suelo, en el agua o en los seres vivos indefensos, afecta en nuestra supervivencia y nuestra salud.