¿Una oreja en la espalda de un roedor? Quizá recuerdes o sepas el revuelo que en 1997 causó la fotografía de un pequeño ratón en cuyo lomo había una estructura con forma de oreja humana. En efecto, científicos del Departamento de Anestesiología de la Universidad de Massachusetts lograron hacer crecer una estructura de cartílago con forma de oreja humana en un cuerpo animal a partir de células de cartílago. En 2002, Jay Vacanti, creador del experimento, anunció que estaba trabajando en el desarrollo de un hígado artificial para efectos de trasplantes.

Lo anterior supone esperanzadores avances médicos para quienes están afectados por enfermedades graves y que necesitan forzosos trasplantes. Pero espera un momento, ¿qué sucedió con el ratón? ¿Sintió dolor en el proceso? ¿Tuvo secuelas físicas?

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Como en este caso, muchos tratamientos médicos, medicinas, cosméticos y otros productos han sido probados y desarrollados en animales por los más importantes científicos de la época. Esta situación ha despertado desde la antipatía hasta el odio, puesto que no es difícil saber que los experimentos tienden a  implicar malestar, dolor físico, estrés, ansiedad, enfermedad y la muerte de numerosas especies a costa del desarrollo.

Por su parte, los científicos utilizan una sentencia al parecer lo suficientemente fuerte para contrarrestar las críticas negativas: que la experimentación en animales ha supuesto la cura de enfermedades y la resistencia a otras. No obstante, también se prueban cosméticos, aditivos para alimentos, pesticidas y otras sustancias químicas que nada tienen que ver con la preservación de la salud.

El dilema ético de estos experimentos existe porque los seres humanos sabemos que tenemos elección y conocemos el dolor y el sufrimiento. Los laboratorios utilizan regularmente roedores y primates por la similitud de sus sentidos y estructura física con la de los humanos y en el caso de roedores, por su fácil cuidado y económico mantenimiento. Pero ya sean pequeños o grandes, los animales están dotados de un sistema nervioso que los estimula ante el peligro y los conduce a sentir dolor.

Algunos experimentos son particularmente crueles. Por ejemplo, el test Draize evalúa la toxicidad de sustancias para cosméticos aplicándolas en ojos de animales como los conejos. Si al cabo de un tiempo el animal desarrolla lesiones superficiales o ceguera, el animal es condenado a la muerte en aras de evitar su sufrimiento futuro… Aunque ya haya sufrido bastante.

Y no hablemos de otros experimentos en los cuales se maltrata deliberadamente a los animales e incluso se les cría expresamente para aquellos. Ejemplos hay muchísimos. Ahora bien, no existe razón perfectamente justificable para actos que suponen maltrato animal con todas sus letras. La negativa de utilizar seres humanos es comprensible en tanto somos seres inteligentes, pero considerar que los animales son más aptos para ser objeto de pruebas porque “no son tan inteligentes” o porque son supuestamente inferiores al género humano, es una completa falacia similar a la utilizada por los médicos nazis para justificar sus experimentos en humanos “inferiores” según sus particulares parámetros.

Muchos se preguntan hasta qué punto es necesaria la experimentación en animales. A decir verdad, no es completamente necesaria porque existen varias alternativas para probar y desarrollar productos y tratamientos médicos. Algunos centros educativos de prestigio internacional como Harvard y John Hopkins incluso han eliminado de sus tareas procedimientos de vivisección y otras experimentaciones y en vez de ello utilizan dispositivos con células humanas y programas en computadoras que semejan las funciones del ser humano.

Si existen alternativas, es evidente que no existe justificación. Algunos protectores de vida animal incluyen entre sus argumentos la existencia de numerosos experimentos fallidos hasta pruebas irrelevantes.

Es importante priorizar, dentro de las leyes de protección animal, el asunto de animales en laboratorios para evitar su sufrimiento. Cualquier ser vivo merece tener una vida digna en tanto es capaz de sentir, sufrir y ser vulnerable al poder humano y en tanto es esencial para el equilibrio de la naturaleza.

Los experimentos en animales no son los que realmente nos salvan. Lo que nos salva o ayuda es la pericia científica y la inteligencia para aplicar el conocimiento, que puede ser probado de diversas maneras sin implicación de sufrimiento animal. La frase “El fin no justifica los medios” no podría tener más sentido.