¿Quién no ha visitado alguna vez un zoológico? Lugar común de diversión familiar durante cientos de años, discurre hoy hacia un rol más educativo y proteccionista que recreativo. O es lo que nos dicen.

En realidad, hay que considerar que los zoológicos ya no son meros centros en los cuales los animales eran elementos sólo para mirar. De ser representaciones del poder aristocrático, hoy los zoológicos son, en muchos casos, lugares de estudio científico y albergues de especies amenazadas. Estos son principalmente los casos de los zoológicos más importantes del mundo, que se encuentran en las ciudades grandes.

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Pero, ¿cuál es la situación de aquellos que se encuentran en zonas pequeñas, o son propiedades particulares? Sin ánimos de generalizar, existe probabilidad de incidencia en irresponsabilidades que afectan directa o indirectamente a las especies que viven en ellos, o de atentados contra su vida.

En México, por ejemplo, hace unos meses se destapó el caso de un zoológico propiedad de conocido personaje de la escena política, quien incurría o incurre en situaciones de maltrato animal, si se toma en cuenta que se entiende esto último por el mantenimiento de las especies en condiciones negligentes que les ocasionan estrés, dolor y sufrimiento e incluso la muerte. Sea cierta o no, la situación nos hace cuestionarnos la necesidad de encerrar animales.

Desde un punto de vista humano, la práctica del encierro resulta degradante. Y es que los animales no son de ningún modo pertenencia del hombre, por lo que no existe derecho de divertirnos o curiosear a costa de la libertad de las especies. Pocas cosas son tan tristes como mirar a un animal encerrado en una jaula, sin espacio suficiente para moverse y solo o en compañía de unos pocos individuos más. No hay que olvidar que el encierro, en condiciones negativas, provoca conductas anómalas en los animales, tales como caminar repetidamente de un lado a otro, balancear las extremidades o ingerir los desechos fecales. Asimismo, sus interacciones sociales naturales se ven afectadas, especialmente en épocas de reproducción. Por ejemplo, ¿qué pasa con las especies que forman harenes, o grupos con un número de individuos superior a 30? Un zoológico difícilmente puede alojar tal cantidad de animales de una misma especie en un solo espacio.

Cuando los zoológicos son cementerios

Panda rojo en cautiverio

Un zoológico no debe ser cementerio. En última instancia, debe ser un lugar de protección de las especies verdaderamente amenazadas o extintas en estado salvaje, debe procurar la mejor y más cercana reproducción de sus hábitats, evitar la interacción obligada con los seres humanos y por ningún motivo, convertir a las especies en una suerte de payasos de circo que aprenden movimientos antropomórficos.

La sociedad necesita comprender que los animales no existen para el hombre y que no son atracciones. Su capacidad de aprendizaje, elemento que asombra y causa interés, no debe aprovecharse para ese fin. El planeta salvaje, película francesa de animación de 1973, retrata muy bien el comportamiento que los humanos damos a los seres que consideramos inferiores, y resulta un perfecto material para comprender este punto.

En suma, los casos de crueldad o negligencia tienen que ser denunciados, y es importante exigir, en la medida de lo posible, que los zoológicos cuenten con espacio suficiente e infraestructura adecuada. No para nosotros, sino para ellos. No importa qué tan grande o pequeño sea el “parque”, situaciones lamentables pueden ocurrir en cualquiera de ellos.

El desafío ético de la aceptación o reprobación de los zoológicos ha crecido mucho, y hay quienes están tajantemente en contra de la creación y mantenimiento, pero todavía existe mucha falta de información al respecto. Afortunadamente hay muchas personas que se preocupan por conocer las condiciones de vida en estos lugares, y luchan para que, al menos, los animales puedan vivir en armonía y en tranquilidad y su especie pueda vivir más años.